PID AMAZONIA PID AMAZONIA
PID AMAZONIA

SOMOS HISTORIADORES DE LA DEFORESTACIÓN, PERO ¿CUÁNDO SEREMOS SUS ELIMINADORES?
Todos los esfuerzos de seguimiento e investigación que se realizan sobre diferentes hechos punibles en el acontecer nacional, por lo general, tienen una característica  común: se centran, básicamente, en el seguimiento del crecimiento de las cifras para anunciarlas a los cuatro vientos y para aumentar los temores de algunos sectores poblacionales que están atentos a sus variaciones crecientes para manifestar, como yo lo estoy haciendo en este momento, los graves daños sociales, políticos, ambientales, etc., que impactan nuestro territorio y a las comunidades que lo conforman.

Para gran parte de la población del país, estos incrementos no significan absolutamente nada y solo se hacen visibles sus efectos, cuando pasan a engrosar las estadísticas, porque alguna de las manifestaciones referidas lo arropó en sus cuentas anónimas

 ¿Qué está sucediendo con todas las actuaciones sociales (individuales o colectivas), dirigidas a manifestarnos a través de los medios o las marchas, en contra de aquellos hechos que nos afectan directamente y atentan contra nuestra integridad social y natural?

¿Cuál es la capacidad de aguante de los individuos y conglomerados humanos para resistir los embates periódicos de hechos punibles, que se desarrollan en frente de nuestras narices, creciendo en oprobio y magnitud con cada día que pasa?

Se violan mujeres, niñas y niños; asesinan a cualquiera por robarle sus posesiones, juegan con la salud e integridad de los estudiantes al apropiarse de los recursos destinados a los PAE (Programas de Alimentación Escolar), los directivos de las EPS (Empresas Prestadoras de Salud) se hartan de los recursos públicos y privados destinados para la prestación de este  servicio básico a la población, sin que exista una mínima y digna contraprestación hacia la misma; se ofrecen y se reciben dádivas sin distingo, para obtener o dar preferencias en obras de infraestructura, acceso a cargos públicos, decisiones judiciales, compras de suministros, etc.

El acceso a los cargos de representación pública son financiados por futuros “contratistas”, que sacarán su gigantesca tajada en la retribución obligada que el funcionario electo deberá hacer para complacer a sus hambrientos financiadores y, paralelamente, saciar su propia “necesidad”. En fin, todo espacio en donde se mueva algún recurso público será ocupado, en la gran mayoría de los casos, por individuos venales y corruptos dispuestos a feriar su influencia con el ánimo de enriquecerse lo más rápidamente posible.

Todo lo escrito en la Ley es objeto de alteración, adecuación, interpretación y ajuste, para obtener la mayor favorabilidad a las pretensiones de esta caterva de delincuentes que succionan, de forma inmisericorde, el erario público, desde hace décadas. Nuestra respuesta más recurrente como sociedad a estas anomalías, son las famosas marchas, paros y congregaciones simbólicas, para manifestar nuestro desacuerdo por los hechos punibles ocurridos, sin que lleguemos más profundo en el desenlace de los acontecimientos. Grupalmente allí quedamos estacionados.

Individualmente hoy, las manifestaciones contra estos desaguisados frecuentes se emiten a través de las redes sociales y es demasiado frecuente encontrar señalamientos, denuncias, muestras gráficas (videos, fotografías), que corroboran muchas de las denuncias efectuadas; seguramente se viralizan, pero también todo llega hasta ese punto y allí se queda.
Desde hace por lo menos dos décadas, ha venido creciendo, en los medios, las manifestaciones constantes sobre la destrucción de los territorios amazónicos por ocupación externa, al igual que otras zonas naturales del resto del país y nuestra pasividad, rayana con el “importaculismo”, no se inmuta en lo más mínimo.

Las cifras aumentan de forma alarmante. Los gobiernos de turno hablan de desarrollar políticas para detener el daño y hacen pomposas manifestaciones en los grandes eventos internacionales para parecer los grandes defensores del medio ambiente, sin que sus palabras se vean reflejadas en las realidades nacionales y nuestros aportes ante tales despropósitos se reducen a esto: emitir comunicados, cartas abiertas, artículos que muy pocos leen o a escribir, individualmente, a través de las redes sociales nuestras apreciaciones sobre el gravísimo daño que se está causando en los activos ambientales del país (el futuro de nuestros descendientes).

Y las instituciones nacionales e internacionales, encargadas de incidir directamente sobre esta gangrena que se come nuestros bosques, llevan un detallado y preciso censo de las áreas destrozadas por la avaricia y el enriquecimiento ilícito y conocen, día a día, el avance desmesurado de la estúpida e incongruente tala. Conocen cuántos polígonos, equivalentes a número de canchas de futbol son destrozadas cada día, cada semana, cada mes, cada año. Conocen cuántas toneladas de CO2 se liberaron a la atmósfera y cuántas se dejaron y dejarán de atrapar. De igual forma manifiestan cuántas cabezas de ganado irán a ocupar esos espacios abiertos y llevan una secuencia visual de la transformación de los densos bosques en amplísimas praderas, con descripciones apocalípticas de nuestro futuro próximo y que, tristemente, se están haciendo realidad ante nuestra impasible mirada.
Pero esa misma minucia no se desarrolla para las áreas que se reforestan, se recuperan y que promocionen acciones tendientes a lograr una vinculación efectiva de la sociedad en la recuperación de áreas afectadas, por lo que las cifras son irrisorias, contrastándolas con las alcanzadas por la deforestación. Según la FCDS[1], en tan sólo el período comprendido entre enero y abril de 2020, se afectaron 75.031 hectáreaExtensión de tierra correspondiente a una dimensión de 100 metros por 100 metros.  Se estima que la deforestación de esta área emite aproximadamente 400 toneladas de carbono.s en la Amazonía Colombiana, de las cuales 18.498 de ellas están en el departamento del Guaviare.

“Ni una niña más violada y asesinada”, “Ni un líder social más asesinado”, “No más corrupción”, “No más desmovilizados asesinados”, “No más violencia política”, “No más feminicidios en Colombia”, “No al fracking”, “No a la minería en páramos”, “No a la tala de bosques”, “No a la destrucción de los humedales”.  Y así una larga lista de NO a todo lo que  nos aqueja y ofende como nación y como sociedad. Todos los días estamos diciendo “NO MAS…” y así llevamos muchos años utilizando el batir de pañuelos o globos blancos, marchas silenciosas, plantones o disgusto virtual, pero hay que ir más allá, debemos poder incidir en las decisiones que se toman frente a estos fenómenos.

Es hora de que pasemos a la acción en todos los escenarios, que nos permita alejarnos del papel de cronistas de la deforestación, como también de toda la problemática social que nos inunda y así, adoptar un papel más proactivo para alcanzar su reducción drástica o eliminación.

Para el caso específico de la deforestación se requiere un actuar coordinado del Estado (Gobierno, Instituciones con responsabilidad en la problemática, Fuerzas de control y Ciudadanía), que partiendo de la necesaria información para sensibilizar, a todo nivel, sobre el papel del bosque en la provisión de servicios ecosistémicos, el endurecimiento de las medidas de justicia para castigar las trasgresiones a la Ley vigente, la recuperación legal de las áreas protegidas ocupadas en la actualidad, la transformación de los sistemas productivos lesivos al ecosistema en las áreas autorizadas para la ocupación campesina; con el fin de que se recupere gradualmente el ecosistema amazónico, para su disfrute (servicios ecosistémicos) y aprovechamiento sostenible (productos no maderables del bosque) de las generaciones venideras.

Todas las afectaciones causadas a territorios con medidas de protección (Parques nacionales, Resguardos Indígenas, Zonas de Reserva Forestal no levantadas legalmente) deberían ser restituidas al Estado y sobre ellas no procederá ninguna argucia de la Ley destinada a darle una “propiedad indebida” a sus tenedores reales o ficticios, los cuales deberán ser identificados plenamente para que paguen judicial y económicamente por los daños causados al patrimonio natural de la nación (nuestro legado).

Todo lo anterior debería ser acompañado por una Política de recuperación de áreas degradadas, en donde se involucre a toda la población en diferentes niveles (local, regional, nacional, transnacional), a los gobiernos extranjeros interesados en la recuperación amazónica, para que con sus aportes (técnicos, financieros, trabajo, insumos) logremos revertir el daño causado y lograr que la Amazonía sea para el servicio y disfrute de la humanidad.

Todo esto podrá ser un proceso largo y costoso, pero más lo será el cambio climáticoEs la alteración global del clima debido a acciones de tipo antrópico que se reflejan en cambios, normalmente extremos, de patrones de lluvias o épocas de sequía.  El cambio climático puede implicar tanto en aumentos como dismunición de la temperatura en algunas zonas de La Tierra que afectan la biodiversidad, el recurso hídrico y las comunidades más vulnerables a estos cambios.  y todas sus implicaciones. ¡Detengamos el crecimiento de las cifras. Salvemos la Amazonía. Salvemos al planeta!
Artículos
2020-07-18

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